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                                                                                  Que diferente se ve todo desde nuestro mundo interior, desde nuestro hogar. Nos asomamos a la vida a las ocho de la tarde para aplaudir a los valientes y pensamos en todas las  personas que libran su  particular  batalla en la cama de un hospital.

Casi da miedo pensar que se deba decidir quien vive y quien muere, quien  perderá a los suyos, a ese amigo al que la vida asfixia, por que el virus lo ha elegido precisamente a él. Y se te caen las lagrimas cuándo ves  a personas solidarias que se hacen grandes día a día, como Amancio Ortega, propuesto para el premio princesa de Asturias de la concordia.Se caen las lagrimas sin ser conscientes de ello al ver a personas tan solidarias y, por un momento deberíamos tomar ejemplo y volver a creer en el ser humano y en su bondad. El tiempo va marcha atrás y sin frenos, ya no huele mi tierra a flor de azahar, y no veo la sonrisa en el rostro de los mayores; sus ojos reflejan el miedo y la tristeza. No hay abrazos ni besos,  que al fin y al cabo tanto el corazón como el alma necesitan. Y la música ya no se escucha frente a mi balcón, mi tierra ya no huele a pólvora ni a fallas, no sales a la calle pero en el aire flota el miedo, la incertidumbre por saber si serás tu el próximo ó será tal vez algún conocido. Y en la mente…el blanco de hospital, el olor a desinfectante que te invade el cerebro y te bombardea con toda esa información. Mi país es un país de colores, verde como el color de las batas de quirófano, como la esperanza, azul como los uniformes de las mujeres de la limpieza como el cielo de primavera, mi país es un país solidario lleno de personas buenas como Amancio Ortega, pero hay muchas personas que son anónimas y sin embargo luchan en primera fila, por todos.

No lo saben pero cuando los miramos con los ojos el corazón, si te fijas puedes ver sus alas y su escudo, siempre dispuestos a ayudar  sin darse importancia.   Entre nosotros tenemos un héroe local Alejandro Valero, que ofrece ayuda a los demás en estos días en los que  todo el mundo debe quedarse en casa. Es una ayuda que muchos mayores agradecen, ya que gracias a él, con esta iniciativa se sienten un poco menos solos. Y yo al ver a personas como estas recuerdo mis tiempos de colegio y en mi cabeza resuena el eco de unas palabras infantiles: «Por mi y por todos mis compañeros»

Encarna Bernat