Fuera llovía de forma incesante y monótona durante toda la mañana, como las palabras de él. Cayeron todas sobre mí, de forma lapidaria. En ese momento no pude pensar en nada más. Solo el golpe sordo de aquella voz que dejaba salir de aquel agujero negro que tenía por boca, las palabras de forma amontonada sobre la mesa. Rompía mi corazón en pedazos. La soledad ya me rondaba aunque yo no quisiera verlo entonces. Era un adiós, era el adiós definitivo. En un acto de indefensión ante todo aquel dantesco escenario, yo observaba la lluvia. ¡Estaba tan lejos de allí en aquel momento! Su voz se había convertido en un susurro que llegaba a mi cada vez más pequeño, se mezclaba con el rítmico repiqueteo de la lluvia. Todo seguía exactamente igual que antes, sin embargo; nada volvería a ser  nunca lo que un día  fue. Sucedió en cuestión de minutos, apenas tuve tiempo de articular palabra y ahora… Todo estaba dicho, todo daba igual. Me acaricié mi abultado vientre por encima de la ropa y caminé durante horas bajo aquella lluvia otoñal. Caminé sin rumbo fijo, supe desde aquella mañana que nunca más estaría sola.